Tengo que odiarte o hacer que me odies, porque hay un mar, salado como el fracaso, de donde es imposible salir a flote entre nombres y rostros que te olvidaron. Porque vivir en lo que fue es un vicio insano disfrazado de añoranza.
Tengo que odiarte o que me odies, porque esta latencia es lo que mata – o mejor dicho: la ilusión de algo latente – porque la incertidumbre que nos regala este buen trato es una espera/esperanza de retornos que se hace insostenible.
Tengo que odiarte o que me odies, porque fuimos lo mejor que nos pasó en la vida y tal vez no nos merecíamos más que a nosotros, que sucedíamos mientras queríamos convencernos de que nos merecíamos a alguien mejor a nuestro lado.
Tengo que odiarte o que me odies, para que todo se rompa como dicta el caos. Para que no quieras verme y corras a esconderte atravesando los océanos, para que verte me cause displacer casi a nivel condicionado. Para que nuestras amigables presencias no se nos sumen a otros tantos abandonos amigables.
Tengo que odiarte o que me odies, para restarle valor a lo vivido porque duele menos un futuro incierto sin pasado feliz. Para que deje de habitar tanta celda disfrazada de ensueño. Para que deje de andar creando universos inhabitables a cada paso. Para que deje de huir de la soledad pidiendo asilo en fotos que cada vez están más desteñidas.